martes, 19 de agosto de 2014

La ciudad misteriosa

De los conventillos a los palacios, la impronta de albañiles, ingenieros y empresarios italianos perdura en algunos edificios de fines del siglo XIX y principios del XX que, en la quimera del progreso, transformaron la Gran Aldea en Capital Federal.


“Misteriosa Buenos Aires”, llamó Manuel Mujica Lainez a esta ciudad que para Jorge Luis Borges era un poema que no lograba “detener en palabras” y que muy pocos porteños recorremos con esa mirada poética, abierta a historias ocultas y detalles.

Dante, la masonería, elementos neogóticos y hasta la probable evocación del legendario Templo de Salomón nos invitan a ser “turistas por un día” en Buenos Aires.

Un recorrido y una historia que se remontan a 1880, cuando la ciudad es declarada capital de la República y se comienzan a construir edificios destinados a sedes administrativas. Por entonces, numerosos albañiles, capataces y arquitectos italianos llegan al Río de la Plata con sus oficios y su ideología, y contribuyen a transformar la “Gran Aldea” en una ciudad “en condiciones de competir, por la monumentalidad de sus obras, con las mayores capitales europeas”, destaca la arquitecta romana Stefania Tuzi, compiladora del libro Aportes italianos a la arquitectura argentina.

“Más allá del estereotipo del inmigrante con la valija de cartón llena de sueños y de lamentos, la historia de las relaciones entre Italia y Argentina se nutrió con un original flujo de inteligencias, saberes y tradiciones”, recuerda. La lista de artesanos y profesionales que se radicaron en Buenos Aires es tan extensa como la de sus obras y, de un modo u otro, inmigrantes de todas las regiones italianas dieron su aporte a la edilicia del país que los acogió.

Entre ellos llegó el milanés Mario Palanti (1885-1978), formado primero en la Academia de Brera y luego en la Escuela Superior del Politécnico de su ciudad natal.

Palanti, que arribó a Buenos Aires en 1909 para proyectar el pabellón italiano en ocasión del Centenario de la Revolución de Mayo, dejó su sello en numerosas obras locales, ya que, salvo algunos períodos, vivió casi veinte años en Argentina antes de regresar de manera definitiva a su país. Su obra emblemática es el Palacio Barolo, en el cual se entrecruzan simbologías y belleza.

EL GRAN BAROLO 

“Trabajó sobre todo para sus compatriotas que habían hecho fortuna, elaboró una poética ecléctica propia y trató de unir la tradición europea neorrománica y neogótica con técnicas estadounidenses y algunos elementos propios del ambiente bonaerense, sumando su genio creativo y su declarado protofascismo”, sintetiza Tuzi.

Visitar el Palacio Barolo deslumbra. Aunque lo hayamos mirado mil veces caminando presurosos por Avenida de Mayo al 1300, nada es comparable a la experiencia de observar sus adornos interiores con dragones y serpientes, recorrer sus plantas, 24 en total (22 pisos y dos subsuelos), y alcanzar la cúpula-faro.

Todo es simbólico en el Barolo, que tiene su mellizo, el Palacio Salvo, en Montevideo. Y esto tampoco es casual: ambos rascacielos, ubicados en cada margen del Río de la Plata, se concibieron como legendarias “columnas de Hércules” pero también pueden evocar, según Tuzi, las llamadas Boaz (que representa la fuerza) y Jachín (la estabilidad), levantadas frente al ingreso del Templo de Salomón en Jerusalén.

El recorrido del Palacio lo organiza Tomás Thärigen, bisnieto de Carlos E. Jorio, también de familia italiana, de Salerno, quien empezó a usar una oficina del Barolo poco después del fin de la obra y la compró décadas más tarde.

“Las visitas empezaron hace diez años, pero entonces venían muy pocas personas, más que nada arquitectos. El administrador le sugirió a mi hermano Miqueas organizar el recorrido y de a poquito empezaron a venir más y más personas. Desde hace cinco años hacemos las visitas juntos”, nos cuenta Tomás. “Con el paso del tiempo fuimos profundizando las investigaciones y encontrando más símbolos en el edificio. Estar involucrados con el Barolo desde mi bisabuelo nos provoca gran pasión a la hora de hacer las visitas guiadas”, agrega.

Nos reunimos en la planta baja del edificio, construido de 1919 a 1923, en hormigón armado, cuyos cien metros de altura lo hicieron el más alto de Latinoamérica.

Los italianos Luis Barolo y Mario Palanti se encontraron en Argentina en 1910. Barolo, un rico industrial textil nacido en Piamonte en 1869, llegó a Buenos Aires a los 21 años, donde contrató a Palanti para edificar el palacio cuya inauguración no logró ver, pues falleció antes de finalizar la obra. ¿Envenenado? ¿Suicida? Nunca se supo.

“El estudioso Carlos Hilger propuso una fascinante lectura de la obra, que define como ‘un modelo ilustrado del Cosmos’ referido a Dante y a la Divina Comedia”, explica Tuzi en su ensayo Mario Palanti, arquitecto visionario entre Italia y Argentina.

Por su parte, Hilger sostiene que Palanti y Barolo eran miembros de una logia derivada de la Edad Media, La Fede Santa, o de los Fieles de Amor, vinculada con los Templarios. Estos datos no han sido comprobados pero, en cambio, se verificó que Palanti se inició como aprendiz en la logia masónica Fratelli Bandiera de Milán.

Surge así la figura de Dante (1265-1321), quien era miembro de la Fede Santa. Barolo pensaba traer a Buenos Aires las cenizas del autor de la Divina Comedia, que se encontraban en Ravena (norte de Italia), e instalarlas en un mausoleo en el centro del Palacio de la Avenida de Mayo.

En este contexto, no asombra el uso de elementos masónicos en la construcción: el piso con mosaicos blancos y negros en damero cerca de las escaleras, que alude asimismo al Templo de Salomón, y un dibujo de estrellas cruzadas en el centro del atrio. Cien metros de altura, uno por cada canto de la Divina Comedia, y las tres partes del poema, Infierno, Purgatorio y Paraíso, presentes en el Barolo como basamento, fuste y coronamiento.

Durante la visita, Tomás cuenta que la planta baja y los dos subsuelos representan el Infierno. El Purgatorio va del primer piso al 14 y el Paraíso es la torre, del piso 14 al 22, es decir, uno por cada cuerpo celeste del sistema solar conocido en el siglo XIV.

La planta se construyó en base a la sección áurea y el número de oro y todo el edificio despierta curiosidad. En 2012, Sebastián Schindel lo exploró en su documental “El rascacielos latino”, y alude a otro misterio: la desaparición de la estatua de Palanti dedicada a Dante que, hecha en Trieste, se perdió en el viaje a Argentina. Encontrada en Mar del Plata, quienes la tenían se negaron a entregarla y se perdió otra vez.

Para alcanzar el Paraíso subimos seis pisos por una diminuta escalera y luego nos sentamos en la cúpula octogonal de vidrio –el ocho del infinito–, donde el gran faro ocupa el centro de la escena. Sobre él, la constelación de la Cruz del Sur se alinea con el eje del Barolo a inicios de junio, alededor de las 20 horas. Este faro y su mellizo uruguayo debían tender un puente luminoso sobre la desembocadura del Río de la Plata, como bienvenida y homenaje a quienes llegaban de ultramar.

El cielo de la tarde invernal aumenta la magia de la cúpula y, tras un imaginario encuentro con Dante y su amada Beatriz, nos despedimos del Barolo con la promesa de regresar a la hora del encendido del gran faro.

SAN TELMO 

Nos vamos caminando por la Avenida de Mayo, donde en el número 1142 se encuentra el ex Hotel Excelsior, ahora Castelar, también obra de Palanti, al igual que la casa de los Atlantes, en el 1916 de la avenida Rivadavia.

Por Defensa llegamos a San Telmo, donde nos esperan las “casas de patio” coloniales, que en sucesivas transformaciones se adaptaron a las oleadas de inmigrantes hasta convertirse en los conventillos. Entre 1880 y 1930 los italianos eran el 40 por ciento de la población inmigrante y a ellos se debe “el nacimiento de nuevas tipologías arquitectónicas que pudieran responder a las fuertes exigencias habitacionales”, dice Tuzi. Así aparecen las casas chorizo, las de medio patio, las mellizas y los conventillos, “que derivan de la casa de patio adaptada a una cantidad mucho mayor de habitantes”, concluye.

Para Borges, “el patio es el declive por el cual se derrama el cielo en la casa”, y así lo volvemos a descubrir en lo que queda de ellos, algunos transformados en galerías de anticuarios. Pero si logramos esfumar los objetos varios que se ofrecen, aún podemos captar la belleza de la construcción original, en la que cada tanto reaparecen algunos símbolos que podemos asociar con la masonería, como el triángulo equilátero, el círculo y los pisos damero en blanco y negro.

Si tenemos cómo llegar, allá al fondo, en el corazón de Barracas, en San Antonio 814, despliega su carga simbólica la casa de la logia Hijos del Trabajo, donde campean las serpientes y las pirámides egipcias, además del compás y la escuadra, atributos por antonomasia del Gran Arquitecto del Universoz

Fuente: Página 12 

Link: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/turismo/9-2890-2014-08-17.html

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martes, 19 de agosto de 2014

La ciudad misteriosa

De los conventillos a los palacios, la impronta de albañiles, ingenieros y empresarios italianos perdura en algunos edificios de fines del siglo XIX y principios del XX que, en la quimera del progreso, transformaron la Gran Aldea en Capital Federal.


“Misteriosa Buenos Aires”, llamó Manuel Mujica Lainez a esta ciudad que para Jorge Luis Borges era un poema que no lograba “detener en palabras” y que muy pocos porteños recorremos con esa mirada poética, abierta a historias ocultas y detalles.

Dante, la masonería, elementos neogóticos y hasta la probable evocación del legendario Templo de Salomón nos invitan a ser “turistas por un día” en Buenos Aires.

Un recorrido y una historia que se remontan a 1880, cuando la ciudad es declarada capital de la República y se comienzan a construir edificios destinados a sedes administrativas. Por entonces, numerosos albañiles, capataces y arquitectos italianos llegan al Río de la Plata con sus oficios y su ideología, y contribuyen a transformar la “Gran Aldea” en una ciudad “en condiciones de competir, por la monumentalidad de sus obras, con las mayores capitales europeas”, destaca la arquitecta romana Stefania Tuzi, compiladora del libro Aportes italianos a la arquitectura argentina.

“Más allá del estereotipo del inmigrante con la valija de cartón llena de sueños y de lamentos, la historia de las relaciones entre Italia y Argentina se nutrió con un original flujo de inteligencias, saberes y tradiciones”, recuerda. La lista de artesanos y profesionales que se radicaron en Buenos Aires es tan extensa como la de sus obras y, de un modo u otro, inmigrantes de todas las regiones italianas dieron su aporte a la edilicia del país que los acogió.

Entre ellos llegó el milanés Mario Palanti (1885-1978), formado primero en la Academia de Brera y luego en la Escuela Superior del Politécnico de su ciudad natal.

Palanti, que arribó a Buenos Aires en 1909 para proyectar el pabellón italiano en ocasión del Centenario de la Revolución de Mayo, dejó su sello en numerosas obras locales, ya que, salvo algunos períodos, vivió casi veinte años en Argentina antes de regresar de manera definitiva a su país. Su obra emblemática es el Palacio Barolo, en el cual se entrecruzan simbologías y belleza.

EL GRAN BAROLO 

“Trabajó sobre todo para sus compatriotas que habían hecho fortuna, elaboró una poética ecléctica propia y trató de unir la tradición europea neorrománica y neogótica con técnicas estadounidenses y algunos elementos propios del ambiente bonaerense, sumando su genio creativo y su declarado protofascismo”, sintetiza Tuzi.

Visitar el Palacio Barolo deslumbra. Aunque lo hayamos mirado mil veces caminando presurosos por Avenida de Mayo al 1300, nada es comparable a la experiencia de observar sus adornos interiores con dragones y serpientes, recorrer sus plantas, 24 en total (22 pisos y dos subsuelos), y alcanzar la cúpula-faro.

Todo es simbólico en el Barolo, que tiene su mellizo, el Palacio Salvo, en Montevideo. Y esto tampoco es casual: ambos rascacielos, ubicados en cada margen del Río de la Plata, se concibieron como legendarias “columnas de Hércules” pero también pueden evocar, según Tuzi, las llamadas Boaz (que representa la fuerza) y Jachín (la estabilidad), levantadas frente al ingreso del Templo de Salomón en Jerusalén.

El recorrido del Palacio lo organiza Tomás Thärigen, bisnieto de Carlos E. Jorio, también de familia italiana, de Salerno, quien empezó a usar una oficina del Barolo poco después del fin de la obra y la compró décadas más tarde.

“Las visitas empezaron hace diez años, pero entonces venían muy pocas personas, más que nada arquitectos. El administrador le sugirió a mi hermano Miqueas organizar el recorrido y de a poquito empezaron a venir más y más personas. Desde hace cinco años hacemos las visitas juntos”, nos cuenta Tomás. “Con el paso del tiempo fuimos profundizando las investigaciones y encontrando más símbolos en el edificio. Estar involucrados con el Barolo desde mi bisabuelo nos provoca gran pasión a la hora de hacer las visitas guiadas”, agrega.

Nos reunimos en la planta baja del edificio, construido de 1919 a 1923, en hormigón armado, cuyos cien metros de altura lo hicieron el más alto de Latinoamérica.

Los italianos Luis Barolo y Mario Palanti se encontraron en Argentina en 1910. Barolo, un rico industrial textil nacido en Piamonte en 1869, llegó a Buenos Aires a los 21 años, donde contrató a Palanti para edificar el palacio cuya inauguración no logró ver, pues falleció antes de finalizar la obra. ¿Envenenado? ¿Suicida? Nunca se supo.

“El estudioso Carlos Hilger propuso una fascinante lectura de la obra, que define como ‘un modelo ilustrado del Cosmos’ referido a Dante y a la Divina Comedia”, explica Tuzi en su ensayo Mario Palanti, arquitecto visionario entre Italia y Argentina.

Por su parte, Hilger sostiene que Palanti y Barolo eran miembros de una logia derivada de la Edad Media, La Fede Santa, o de los Fieles de Amor, vinculada con los Templarios. Estos datos no han sido comprobados pero, en cambio, se verificó que Palanti se inició como aprendiz en la logia masónica Fratelli Bandiera de Milán.

Surge así la figura de Dante (1265-1321), quien era miembro de la Fede Santa. Barolo pensaba traer a Buenos Aires las cenizas del autor de la Divina Comedia, que se encontraban en Ravena (norte de Italia), e instalarlas en un mausoleo en el centro del Palacio de la Avenida de Mayo.

En este contexto, no asombra el uso de elementos masónicos en la construcción: el piso con mosaicos blancos y negros en damero cerca de las escaleras, que alude asimismo al Templo de Salomón, y un dibujo de estrellas cruzadas en el centro del atrio. Cien metros de altura, uno por cada canto de la Divina Comedia, y las tres partes del poema, Infierno, Purgatorio y Paraíso, presentes en el Barolo como basamento, fuste y coronamiento.

Durante la visita, Tomás cuenta que la planta baja y los dos subsuelos representan el Infierno. El Purgatorio va del primer piso al 14 y el Paraíso es la torre, del piso 14 al 22, es decir, uno por cada cuerpo celeste del sistema solar conocido en el siglo XIV.

La planta se construyó en base a la sección áurea y el número de oro y todo el edificio despierta curiosidad. En 2012, Sebastián Schindel lo exploró en su documental “El rascacielos latino”, y alude a otro misterio: la desaparición de la estatua de Palanti dedicada a Dante que, hecha en Trieste, se perdió en el viaje a Argentina. Encontrada en Mar del Plata, quienes la tenían se negaron a entregarla y se perdió otra vez.

Para alcanzar el Paraíso subimos seis pisos por una diminuta escalera y luego nos sentamos en la cúpula octogonal de vidrio –el ocho del infinito–, donde el gran faro ocupa el centro de la escena. Sobre él, la constelación de la Cruz del Sur se alinea con el eje del Barolo a inicios de junio, alededor de las 20 horas. Este faro y su mellizo uruguayo debían tender un puente luminoso sobre la desembocadura del Río de la Plata, como bienvenida y homenaje a quienes llegaban de ultramar.

El cielo de la tarde invernal aumenta la magia de la cúpula y, tras un imaginario encuentro con Dante y su amada Beatriz, nos despedimos del Barolo con la promesa de regresar a la hora del encendido del gran faro.

SAN TELMO 

Nos vamos caminando por la Avenida de Mayo, donde en el número 1142 se encuentra el ex Hotel Excelsior, ahora Castelar, también obra de Palanti, al igual que la casa de los Atlantes, en el 1916 de la avenida Rivadavia.

Por Defensa llegamos a San Telmo, donde nos esperan las “casas de patio” coloniales, que en sucesivas transformaciones se adaptaron a las oleadas de inmigrantes hasta convertirse en los conventillos. Entre 1880 y 1930 los italianos eran el 40 por ciento de la población inmigrante y a ellos se debe “el nacimiento de nuevas tipologías arquitectónicas que pudieran responder a las fuertes exigencias habitacionales”, dice Tuzi. Así aparecen las casas chorizo, las de medio patio, las mellizas y los conventillos, “que derivan de la casa de patio adaptada a una cantidad mucho mayor de habitantes”, concluye.

Para Borges, “el patio es el declive por el cual se derrama el cielo en la casa”, y así lo volvemos a descubrir en lo que queda de ellos, algunos transformados en galerías de anticuarios. Pero si logramos esfumar los objetos varios que se ofrecen, aún podemos captar la belleza de la construcción original, en la que cada tanto reaparecen algunos símbolos que podemos asociar con la masonería, como el triángulo equilátero, el círculo y los pisos damero en blanco y negro.

Si tenemos cómo llegar, allá al fondo, en el corazón de Barracas, en San Antonio 814, despliega su carga simbólica la casa de la logia Hijos del Trabajo, donde campean las serpientes y las pirámides egipcias, además del compás y la escuadra, atributos por antonomasia del Gran Arquitecto del Universoz

Fuente: Página 12 

Link: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/turismo/9-2890-2014-08-17.html

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