
Suecia ya ha sufrido en sus carnes lo que supone el pinchazo de una burbuja inmobiliaria. En los años 90 tuvo que nacionalizar dos de sus principales bancos tras una brusca caída de los precios de la vivienda y, aunque las consecuencias se dejaron sentir varios años, la lección podría no haber calado lo suficiente. Dos décadas después, el mercado inmobiliario se enfrenta de nuevo a un ladrillo y una deuda inflados en exceso y a la amenaza de otro crash inmobiliario.