
La arquitectura de las estaciones terminales de trenes de Buenos Aires es verdaderamente deslumbrante. Por lo general tienen unos imponentes frentes palaciegos con sus grandes accesos, e inmensos halles donde están las boleterías, las esperas y toda una suerte de servicios complementarios. Y por detrás, casi escondidas, unas fantásticas y descomunales estructuras de hierro a donde llegan los trenes.
Las tres terminales me traen recuerdos de mi adolescencia. La de Constitución me transporta a las ansiadas vacaciones en Mar del Plata o a los interminables viajes al Sur cuando me iba de campamento; la de Retiro, me remonta a alguna escapada en “hora libre” a la casa de algún compañero del cole que vivía en zona Norte; la del Once, está asociada en mi memoria con esa primera salida a la matiné en una discoteca de Ramos Mejía. Y cada tanto me viene lo que nos contó la López de Carril (así llamábamos a la profe de Castellano de primer año): a las estaciones mucha gente del interior va a pasear, en busca de un cable con sus lugares de procedencia.