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martes, 1 de julio de 2014

El mundo de los lofts


Que le da miedo hablar por teléfono, le dijo al mediodía el chico. Que en la calle no lo saca ni aunque suene sin parar, que le da miedo. Tiene 17 años el chico, mide casi como una puerta, es un genio, un día va a ser Steve Jobs pero por ahora el teléfono se lo regaló la mamá. El Gordo Saccinalli se acomodó el cinturón bajo la panza: “A veces hay que defenderse, pibe, no todas las peleas se ganan con el joystick”, le arrojó al chico (es el sobrino de su amigo de Puerto Madero), sacó pecho y si fumara —dejó hace un par de años— le hubiera dado una pitada al pucho medio de costado, como Boogie El aceitoso.
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Que le da miedo hablar por teléfono, le dijo al mediodía el chico. Que en la calle no lo saca ni aunque suene sin parar, que le da miedo. Tiene 17 años el chico, mide casi como una puerta, es un genio, un día va a ser Steve Jobs pero por ahora el teléfono se lo regaló la mamá. El Gordo Saccinalli se acomodó el cinturón bajo la panza: “A veces hay que defenderse, pibe, no todas las peleas se ganan con el joystick”, le arrojó al chico (es el sobrino de su amigo de Puerto Madero), sacó pecho y si fumara —dejó hace un par de años— le hubiera dado una pitada al pucho medio de costado, como Boogie El aceitoso.